• Olga Benso

“Las Mariposas”


Bélgica Adela Mirabal Reyes (Dedé) recordaba el 13 de octubre de 1949 como la fecha que marcó a su familia con el signo de la desgracia. La familia Mirabal fue invitada a una de las famosas fiestas organizadas por Trujillo. Patria y Dedé asistieron junto a sus esposos, acompañadas por su hermana Minerva y por Enrique Mirabal, padre de las hermanas. Doña Chea, la madre, no quería que sus hijas fueran a la fiesta. Las atenciones del dictador le daban mal presentimiento, pero para nadie era un secreto que rechazar una invitación de Trujillo podía ser peligroso. —Hay que ir— dijo don Enrique Mirabal.

Aquella noche, un hombre se acercó a la mesa de los Mirabal y pidió permiso para bailar con una de las muchachas. Minerva se negó. —Yo no sé bailar— pretextó Patria. La acuciante insistencia del individuo hizo que Minerva acabara accediendo a su petición. El hombre la condujo hasta la pista. Bailaron durante poco rato, el tiempo suficiente para entregar a Minerva Mirabal a Trujillo. La orquesta tocaba un merengue tras otro. Bailaron un set completo que, para Minerva y su familia, se hizo interminable. Al final de cada pieza, el dictador se quedada esperando que sonaran los acordes de la siguiente canción.

En aquella época la gente hablaba con miedo y discreción sobre las artimañas empleadas por Trujillo para embaucar mujeres. Decían que el dictador ofrecía una copa a las muchachas que bailaban con él que era una droga que las sometía a su voluntad. Minerva tenía veintidós años. Atormentados con la idea de que el tirano pudiera drogarla, su padre, sus hermanas y sus cuñados se mantenían vigilantes. Con los ojos fijos en la pista de baile, en cada movimiento de los labios, en cada gesto. Era una escena aborrecible, una imagen que no hubieran querido ver nunca: Minerva bailando con Trujillo.

Trujillo y Minerva conversaron:

Ella detestaba a Rafael Leónidas Trujillo. Ni siquiera quería ir a esa fiesta. Pero hacerle un desplante a uno de los dictadores más crueles de Latinoamérica era una apuesta demasiado arriesgada.

Bailaron. Conversaron:

— ¿Usted tiene novio?

— No.

— ¿Y a usted no le interesa mi política, o no le gusta?

— No, no me gusta.

— ¿Y si yo mando a mis seguidores a conquistarla?

— ¿Y si yo los conquisto a ellos?

Bailaron hasta que Minerva le expresó a Trujillo su deseo de regresar a la mesa. Le dijo que estaba cansada.

— ¿Dónde está la joven Mirabal?— preguntó el dictador más tarde. Cuando Trujillo pedía algo, su corte de secuaces se ponía en marcha. La buscaron por toda la finca. No la encontraron. Los Mirabal incurrieron en una falta grave: abandonaron la fiesta antes que Trujillo. Esa misma noche regresaron a Ojo de Agua, el pueblo natal de las Mirabal.

A escasas horas del incidente, y aconsejado por un enviado de las autoridades, Enrique Mirabal escribió un telegrama para presentar sus disculpas al dictador. No sirvió de nada. Tres días más tarde, y con el pretexto de realizar unas investigaciones, el padre de las Mirabal fue detenido. Veinticuatro horas después, la familia Mirabal volvió a recibir la visita de los militares del régimen; esta vez detuvieron a Minerva. A partir de ese momento, y aunque al cabo de seis días fueron puestos en libertad, la familia Mirabal permaneció vigilada, sufrió el acoso constante de la dictadura y fue víctima de una de las practicas recurrentes del régimen: el despojo ilegal de propiedades. Minerva y María Teresa fueron arrestadas varias veces. A oídos del tirano llegaron rumores de que Minerva era anti-trujillista, y claro que lo era.

Para algunos, la invitación a la fiesta fue una provocación, un gesto mal intencionado, una trampa. La actitud de Minerva pudo confirmarle al dictador que las informaciones que había recibido eran ciertas. Y no sólo eso, dejándole claro a Trujillo que no le interesaba como político, ni como hombre, Minerva Mirabal había clavado una estaca en su ego.

La militancia

El 9 de enero de 1960 tuvo lugar la primera reunión del Movimiento Revolucionario 14 de Junio. La organización operaba de forma clandestina y contaba con pequeñas células que se extendieron progresivamente por todo el país. Minerva Mirabal y Manolo Tavárez (su esposo) eran miembros fundadores de este movimiento. Sus hermanas, Patria y María Teresa, y sus cuñados, Pedro González y Leandro Guzmán, también se comprometieron con la causa. Derrocar la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, aprobar una nueva constitución y celebrar elecciones libres eran algunos de los objetivos de la organización.

El dictador fue informado y comenzó la persecución a los jóvenes involucrados con el movimiento revolucionario, encarcelados y torturados, física y psicológicamente. Minerva y María Teresa guardaron prisión en una de las cárceles más horrendas de la dictadura: La Cuarenta. Junto a ellas, fueron apresadas cinco mujeres que también eran opositoras del régimen. Las forzaron a presentarse desnudas delante de sus compañeros y las obligaron a presenciar las sesiones de torturas en las que éstos eran sometidos a crueles vejaciones.

El atentado orquestado por Trujillo para acabar con la vida del presidente venezolano Rómulo Betancourt (24 de junio de 1960), atrajo la atención de La Organización de los Estados Americanos (OEA). Trujillo empezó a sentirse presionado por el organismo internacional, no quería emprender acciones que llamaran demasiado la atención. El 9 de agosto de 1960, Minerva y María Teresa, que habían sido condenadas a tres años de prisión, fueron puestas en libertad bajo régimen de arresto domiciliario. Sólo tenían permiso para visitar a sus esposos.

El 8 de noviembre de 1960, Manolo Tavárez y Leandro Guzmán, esposos de Minerva y María Teresa respectivamente, fueron traslados de la cárcel de La Victoria (Santo Domingo) a la cárcel de Puerto Plata (zona norte de República Dominicana). Pedro González (esposo de Patria) permaneció en la prisión de Santo Domingo

La madre

Las facultades adivinatorias de Mercedes Reyes (doña Chea) eran conocidas por toda la familia. Lo que doña Chea anunciaba, decía Dedé —una de sus hijas—, “pasaba porque pasaba”. Tantas veces había aconsejado a Minerva: “Mi hija, te van a matar. El que ama el peligro, en él perece. Te van a desriscar por un barranco, te van a matar”. El 25 de noviembre de 1960, los fatídicos presagios de doña Chea se cumplieron. “Trasladaron a los esposos para matarlas”, presintió doña Chea.

Diez días después del traslado, Minerva y María Teresa fletaron un carro y viajaron acompañadas por un chofer, dos mujeres y la niña pequeña de María Teresa. Era la primera vez que podían ver a sus esposos en la cárcel de Puerto Plata. —Dedé, ¿ves? vinimos sanas y salvas— dijo María Teresa a su hermana cuando regresaron de la visita. “Las cosas se van a arreglar, porque nosotras vamos a estar con ustedes dos veces a la semana, vamos a estar cerca”. Las hermanas trataron de reconfortar a sus esposos con la idea de alquilar una casa en Puerto Plata. Se despidieron de ellos con la ilusión de acortar la distancia que los separaba y con la promesa de regresar el próximo día de visita: el viernes 25 de noviembre.

Era noche cerrada. Las manecillas del reloj marcaban más de la nueve. Las muchachas no llegaban. —“Ya a mis hijas me las mataron. Ya esto es lo último. Quién sabe a dónde me las han tirado” —decía doña Chea, entre sollozos, mientras palpaba con las yemas de sus dedos las cuentas de un rosario. Una vez más, doña Chea no se equivocó: El jeep en el que viajaban sus hijas fue interceptado por un Pontiac de color azul y blanco. En el kilómetro 3 1/2, en el puente Marapicá de Puerto Plata, vieron que Patria Mirabal salió corriendo de un vehículo, gritando desesperada: “¡Socorro, auxíliennos, son caliés y nos van a matar! ¡Avisen a los Mirabal que nos van a matar!” A pesar de que su esposo permanecía preso en Santo Domingo, y a pesar de que su madre le suplicó con lágrimas en los ojos que pensara en sus hijos, que no fuera, Patria insistió en acompañar a sus hermanas.

Ciriaco de la Rosa, uno de los cinco autores materiales del crimen, confesó: “Después de apresarlas las condujimos al sitio cerca del abismo, donde ordené a Rojas Lora que cogiera palos y se llevara a una de las muchachas. Cumplió la orden en el acto y se llevó a una de ellas, la de las trenzas largas (María Teresa); Alfonso Cruz Valerio eligió a la más alta (Minerva), yo elegí a la más bajita y gordita (Patria), y Malleta al chofer (Rufino). Ordené a cada uno que se internara en un cañaveral a orillas de la carretera, separados todos para que las víctimas no presenciaran la ejecución de cada una de ellas”.

“Alfonso Cruz Valerio eligió a la más alta”, confesó el asesino durante el juicio. ¿Acaso sabía su nombre? ¿Sabía que ella, “la más alta”, fue la mujer que en una pista de baile le hundió el ego a su temible jefe sin más armas que la franqueza de sus palabras?

El 25 de noviembre fue declarado por la ONU como Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Las hermanas se convirtieron en símbolo internacional de la resistencia de las mujeres contra la violencia política.[1]

[1]Los datos históricos fueron extraídos del libro “VIVAS EN SU JARDÏN” de Bélgica Adela Mirabal, Dedé, la única hermana que sobrevivió. Google libros. books.google.com.ar .

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